Cuando la voz y el ruido ensordecedor de las tinieblas han llegado a mi para tentarme y así de tu propósito querer sacarme, alli has estado tu para salvarme, en los lomos de tu justicia me haces montar, y me dices: Hijo sin mi nada podras lograr.
Corro presurosa y anciosamente con la fragilidad, la dulzura, la ingenuidad y la sinceridad de un niño, apartándome del letargo, con la calidez de tus brazos, llenos de misericordia amor y paciencia al caminar día a día en tu presencia.
Logro esto cuando me despojo de mi adultez, adentrándome en el parque celestial de tus caricias, no siendo ni más ni menos sabio que un niño, quien solo es feliz escuchando el susurro y los secretos de tu reino, diciendo lo que solo en ti debo ser para lograr alcanzarte.
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